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CULTURA PUREPECHA
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ENCANTADO EN MORELIA
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PATZCUARO
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Morelia, Pátzcuaro, Uruapan y Zitácuaro son las ciudades propiciatorias que impulsan al viajero a recorrer todas las direcciones de la rosa de los vientos michoacana para adentrarse en las 137 poblaciones y 17 enclaves playeros que es inevitable conocer. Caminar entre la urdimbre urbana y las callejuelas empedradas de los poblados aledaños es un encuentro con el deleite y la provocación del asombro, gracias a la variedad de una gastronomía apetitosa y a la profusión de monumentos virreinales (civiles y religiosos), al encanto de una diversa arquitectura vernácula, a la sorpresa de sus museos y al estallido jubiloso que se manifiesta en las 367 fiestas populares que se celebran anualmente en territorio michoacano, significándose las fiestas patronales, la Semana Santa , y muy especialmente, el Día de Muertos, una de las más relevantes celebraciones del espíritu popular del país. A ello hay que añadir la gracia interminable de las costumbres y tradiciones, la charla amena con sus habitantes y el color alborotado de la artesanía, apabullante mixtura de las culturas indígena, asiática, africana e hispana.

El placer de viajar por las comarcas michoacanas se incrementa a cada instante al compartir con sus habitantes las opciones culturales y recreativas, de tranquilidad y relajamiento, de diversión y aventura (ciclismo de montaña, descenso por los ríos, senderismo, escalamiento y espeleología). En Michoacán la mirada se entrena para ver de otra manera, particularmente en la traza urbana de Morelia, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad y una de las urbes más armónicas e importantes de la Nueva España. Las distintas modalidades de la arquitectura novohispana son una magnífica cátedra en torno al esplendor del virreinato y labran el prestigio de su belleza a cada paso con inquietantes malabarismos que asombran por la destreza de los cinceles que juguetearon con la cantera , material que le ha dado a la capital del estado de Michoacán, fundada en 1541, el nombre de la Ciudad de las Canteras Rosas. Cerca de la ciudad se encuentran el lago de Cuitzeo, el centro ceremonial de Huandacareo (1200 años d.C.), Charo y Queréndaro; un poco más alejada Zinapécuaro, donde abundan las aguas termales. Rumbo a Pátzcuaro el paisaje enlaza plácidas poblaciones: Cointzio, Capula, Tiripetío, Cuanajo, Tupátaro, cuyo pequeño templo ostenta la techumbre artesonada más notable de Michoacán, y Tzurumútaro, donde está emplazado en tianguis artesanal.

 

La región lacustre tiene su centro en Pátzcuaro (“Puerta del Cielo”), fundado en 1324 d.C., donde la Plaza Vasco de Quiroga es el núcleo que irradia en ascensos y descensos, casas de tejas rojas, aleros centenarios y fachadas blasonadas. En derredor de la plaza todavía se yerguen con solidez antiguos mesones y casas de arriería. Las andanzas por la ciudad son reclamo del plateresco y el barroco de sus templos, tiendas de artesanías y rincones legendarios.

Deambular por los pueblos ribereños que circundan el lago es asomarse a la esencia de un mundo imaginario inagotable y a las zonas arqueológicas de Tzintzuntzan e Ihuatzio, donde se transita entre los vestigios insondables de la cultura purépecha. En las inmediaciones del lago se encuentra Quiroga, centro artesanal que goza de gran prestigio; aquí y en Pátzcuaro confluyen la secular destreza y creatividad de los artesanos que en distintas comarcas de la entidad trabajan en una veintena de modalidades, destacándose en alfarería, metalistería, orfebrería, tallado en madera, lapidaria, elaboración de textiles, artículos manufacturados con fibras vegetales y notables objetos decorados con la técnica precolombina del maque. Si el viajero desea adentrarse en los talleres del quehacer artesanal michoacano podrá encontrar hasta 107 comunidades dedicadas a este menester. La visita a las islas de Janitzio, Tecuela, Yunuén y Pacanda, así como los paseos a caballo por los bosques de Zirahuén o las travesías en lancha sobre las coloraciones cerúleas y cobalto de su lago son aventuras que requieren de un tiempo, como lo requieren los pueblos cercanos de Santa Clara del Cobre, Ario de Rosales, La Huacana , Tacámbaro y Puruarán.

La zona arqueológica de Tingambato se encuentra a unos cuantos kilómetros de Uruapan (“flor y fruto”), ciudad fundada en 1533 sobre una meseta rodeada de cerros y conocida como el Vergel de Michoacán, la Capital Mundial del Aguacate y “la verdadera cuna del maque”. En ella, el viajero goza del nacimiento del río Cupatitzio en el Parque Nacional Eduardo Ruíz, único parque natural dentro de una ciudad, y de la Tzaráracua (cascada de 60 metros de altura). En la fábrica San Pedro aún se producen preciosos textiles a la antigua usanza.

Uruapan es punto de partida para dirigirse a la costa michoacana, predilecta por los amantes del surfing, pues en ella se encuentran las mejores playas del país para practicar este deporte. El litoral del estado posee más desembocadura del río Coahuayana se alternan acantilados, bahías, ensenadas, caletas, esteros y subyugantes playas. El puerto de Lázaro Cárdenas y la impactante cortina de la presa del Infiernillo ( 150 metros de altura) son punto de partida para deslizarse hasta Boca de Apiza, donde hay pez vela para pesca deportiva; en el trayecto es inevitable picar el anzuelo en Playa Azul, Caleta de Campos, Maruata y Faro Bucerías, o en cualquier aldea de pescadores; todas son excitantes.

El centro histórico de la región oriente es Zitácuaro (“lugar de sogas”, la heróica ciudad tres veces incendiada; en ella se formó la Suprema Junta Nacional Americana, primera forma de Gobierno Independiente que orientó el nuevo cauce del país. Su actual importancia radica en ser el núcleo difusor para trasladarse, por un lado, a la Presa del Bosque, El Salto del Enandio, Tuzantla y Huetamo, por el otro, al centro ceremonial de San Felipe de los Alzati, a las antiguas poblaciones mineras de Angangueo y Tlalpujahua y a los Santuarios de la Mariposa Monarca , la mayor migración de lepidópteros que arriban a fines de octubre y emprenden el regreso a Estado Unidos y Canadá al iniciarse la primavera. En Contepec, Agua Blanca, San José Purúa, Jungapeo y Los Azufres abundan los balnearios termales y en Maravatío existe una tradicional botica del siglo XIX donde aún se elaboran medicamentos con técnicas antiguas. Las poblaciones de Tuxpan y Ciudad Hidalgo, las presas Pucuato, Sabaneta y Mata de Pinos, y la gruta de la Tziranda están emplazadas en una geografía seductora que alterna bosques de oyameles y paisajes nutricios donde abundan los árboles frutales. En una de las cavidades de la Tzirinda habitan 23 especies de murciélagos. Gracias a la polinización llevada a cabo por mariposas y murciélagos, el estado es uno de los principales productores de flores en el país.

El viajero descubrirá, a cada paso, que Michoacán es un relicario que, al abrirse pausadamente, nos obsequia el deslumbramiento de sus múltiples tesoros, incluyendo la gastronomía, que en estas latitudes sorprende por conservar algunos guisos de la cocina precortesiana. Como bien se sabe, toda andanza se acompaña con los viajes del paladar, y éstos son más sabrosos mientras más variados son los fogones del lugar. La diversidad de la cocina michoacana se debe, en parte, a la mixtura de ingredientes autóctonos, europeos y asiáticos. El platillo más célebre del Estado en el pescado blanco del lago de Pátzcuaro preparado al gusto (al ajillo, a la mantequilla, empanizado, arrebozado, frito o a las brazas). Le siguen los charalitos bien dorados, la Sopa Tarasca , el caldo michi (de pescado con tunas agrias), las enchiladas morelianas (se sirven corundas, pequeños tamales triangulares que se acompañan de frijoles, carne de cerdo en salsa roja y crema; los uchepos son tamalitos de elote tierno servidos con atole; de la gran variedad de atoles se destacan el de pinole y el de “chaqueta”, hecho con cáscara de cacao. Estos platillos se ofrecen en todo el Estado. En Ario de Rosales hay que deleitarse con la extravagante Olla Podrida, hecha con aguamiel, carnes de cerdo, res y pollo, xoconoxtle (tuna agria), una variedad impresionante de verduras y especias, y chiles serranos y guajillo. En la Meseta Tarasca son inevitables el churito (cocido de res en caldo de chile guajillo y verduras), el minguichi (salsa con queso) y las atápakuas (salsas espesas con queso y carne de res). Los dulces más famosos son los ates de Morelia, los chongos zamoranos y las nieves de pasta de Pátzcuaro. La charanda es el aperitivo por antonomasia.

 

 

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